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Gumersindo Treceño Llorente, jesuita y ex profesor del Colegio de la Inmaculada de Gijón
24 del 02 de 2010
«La pedagogía y la tradición de los jesuitas sigue teniendo un gran prestigio»

Dignidades colegiales. «La oración por los caídos que rezábamos todos los días se terminaba con el Padrenuestro recitado por todos los alumnos y, a continuación, cada curso se dirigía a su aula respectiva. En aquellos primeros años tras la guerra se recuperaron las dignidades del colegio, que tenían nombres tan expresivos como brigadier, regulador, edil de clase, edil de juegos, edil de estudio, edil de gimnasia, edil de música, edil de dibujo, bibliotecario, proveedores, cuestor de pobres, capillero y jefe de filas. Como anécdota colegial recuerdo que la promoción de 1946, la primera, era el curso de los mayores del colegio y por lógica se alzaba habitualmente con las primeras y más llamativas dignidades. Esta preeminencia académica, soportada año tras año a lo largo de todo un Bachillerato, llegó a provocar una especie de rebelión en los alumnos inmediatamente inferiores, de la promoción de 1947. Un buen día, hartos de tanta preterición, se arman de valor y se presentan en la emisora EAJ-34 Radio Gijón, en la gijonesa calle de Los Moros, y graban para la posteridad un mensaje con su reivindicación más apremiante, con su disgusto generacional: "Aquí están los de Sexto-bis, que no quisieron ser de Séptimo para no recordar a antiguo gallitos". Fue un desahogo radiofónico de los 22 componentes de aquella promoción y seguro que después emprendieron la vida universitaria con ánimo más sosegado».

- A mayor gloria de Dios. «La proclamación de dignidades a los alumnos era uno de los espectáculos más solemnes de la vida colegial de la época. Como el público asistente desbordaba con mucho la capacidad de nuestros locales, y para dar mayor realce a la sesión académica, se recurría generalmente al teatro Jovellanos o al Arango, y también a partir de los años sesenta al espléndido teatro de la Universidad Laboral. El padre prefecto de turno, revestido de su más elegante atuendo clerical, iniciaba el acto con esta entrada solemne: "A mayor gloria de Dios, honor de la virtud, esplendor de las letras y de las ciencias, galardón y estímulo de los alumnos del Colegio de la Inmaculada, se proclaman los nombres de los que por su ejemplar conducta y aplicación constante se han hecho dignos de honorífica mención". A continuación, los recién nombrados subían al estrado para recibir el emblema de su dignidad respectiva, generalmente en forma de diploma y banda alusiva. Había aplausos y parabienes de asistentes y familiares y esta liturgia académica encantaba a las mamás de los galardonados».

- El héroe de la reconstrucción. «Con el colegio aún en reconstrucción, los deportes de competición se desarrollaban en Viesques, campo que compartíamos con nuestros parientes de Los Luises. Como no tenía vestuarios ni duchas, nuestros alumnos se vestían en el colegio y subían y bajaban por el Coto de San Nicolás. El asfalto no había llegado todavía en aquel tiempo y fueron aquellos inviernos muy generosos en lluvias, de modo que las mojaduras eran constantes, ya que pasábamos gran parte del día en la calle, entre subidas y bajadas al Simancas. Tampoco se habían generalizado todavía los impermeables. En cuanto a esa reconstrucción del colegio hay que tener un recuerdo agradecido a la labor tenaz y eficiente de nuestro primer rector, el padre José María Riaza, que decía a veces, bromeando, que él era el auténtico héroe del Simancas, de la reconstrucción del Simancas. Era fiel a su clase diaria de Física, a primera hora del día, y después realizaba la inspección ocular de la reconstrucción, al lado del arquitecto Somolinos. Todos sabíamos en la comunidad que el sábado viajaba a Madrid a recorrer ministerios donde conseguir ayudas de toda índole con las que poder restañar las heridas de aquel viejo y lacerado inmueble».

- Profesor de Francés y Apologética. «Desde 1944 he vivido y trabajado en el colegio de Gijón, salvo unos años que estuve en el de Vigo a raíz de que estando aquí no nos arreglamos el padre Von Riedt y yo. Él, aunque nacido en Madrid, era de origen germano. Él era entonces prefecto de disciplina, muy exigente, y como tal prefecto lo hizo bien; cuando había que poner orden lo ponía. Aquel rifirrafe con Von Riedt me llevó a Vigo, donde me encontraba muy contento, pero con la añoranza de volver a Gijón. Todos esos chicos de los primeros años, que hoy están en las orlas, eran alumnos míos. Siempre fui profesor de Francés. De Inglés, nada. Estudie algo de Inglés con el padre Florentino del Valle, de la revista «Fomento Social», pero no me quedó nada de aquellos estudios. Respecto al francés, me había marcado mucho el destierro de Bélgica y realicé después muchas salidas a Bélgica con chicos del colegio para mantener cursillos de francés durante el verano. Por ejemplo, fuimos a Namur, a orillas del Mosa, al Colegio Nuestra Señora de la Paz. En Namur murió don Juan de Austria y el jesuita que llevaba aquello decía: "Oiga, aquí murió, pero no le asesinamos nosotros." En aquellos primeros años también fui profesor de una asignatura que se llamaba Apologética, clase de Religión, y seguía los textos escritos por el padre Valerio Agüero. Desde hace años soy consiliario de la Asociación de Antiguos Alumnos, desde que marchó el padre Constantino Fernández a Centroamérica».

- Más libertad, pero con respeto. «La docencia ha sido lo mío y a la vez era inspector de los chicos, que estaban siempre acompañados por alguien, por un responsable. Fui también ministro de la comunidad de jesuitas muchos años. Esa función consiste en velar por la vida externa de los miembros de la comunidad, que el comedor funcione bien o que se ejecuten las obras necesarias en el edificio. No echo de menos la docencia. En mi retiro oigo mucha música, música generalmente clásica, de Radio Nacional; leo también y doy un paseo largo a diario. Es en lo que más me entretengo. Sólo salgo del colegio durante unos días para los ejercicios espirituales y los 15 días de vacaciones, en la casa de ejercicios de Celorio (Llanes). Ya estoy apuntado para este próximo verano. Después de tantos años en la Inmaculada veo que la tradición del colegio en Gijón es muy fuerte. Estudiar aquí era casi un privilegio hace años y hoy en día la pedagogía y la tradición de los jesuitas sigue teniendo mucho prestigio. Los que fueron alumnos de un colegio de la Compañía de Jesús quieren, por lo general, mandar a sus hijos a ese centro. Hoy hay más libertad de todos y en todo, por supuesto, pero no tengo idea de haber presenciado cambios bruscos, sino graduales. Veo las orlas de antiguos alumnos y a los chiquillos y chiquillas de hoy por los pasillos del colegio. Hay más libertad, sin duda, pero el respeto existe todavía en el colegio. El resto de mi biografía entra ya dentro de los habitual y consuetudinario en la vida de cualquier jesuita y por eso carece de mayor interés».

Gijón

La Nueva España






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